7 de noviembre de 2011

Capitalismo desde tres ópticas

Una mirada sociológica al inicio del Capitalismo para tratar de descifrar qué pasa hoy

El desarrollo del hombre ha llevado consigo una sociedad más amplia y compleja que en épocas anteriores. Con el surgimiento del capital, la propiedad privada y las clases sociales, o sea el Capitalismo; el ser humano ha llegado a ciertos niveles de vida nada despreciables, para algunos, pero algo patético para la mayoría.

Justamente cuando se comienza a fraguar la sociedad capitalista de hoy, tres hombres de su tiempo: Émile Durkheim, Max Webber y Karl Marx, se cuestionaron cuánto sucedía entonces. Así mientras que Webber creía en el valor del capitalismo, Marx criticaba férreamente las desigualdades evidentes producidas por el propio sistema y Durkheim también advertía de la anomia consecuente, pero sin abarcar más allá de la Sociología.

De una manera u otra estos pensadores coinciden en que: el capitalismo propicia cambios abismales entre los hombres, al tiempo que lleva a la sociedad a un desarrollo tecnológico y económico nunca antes imaginado. Dos caras de una moneda digna de analizar.  

Antes éramos una sociedad tradicional con sus costumbres, religiones y valores compartidos. Según Max Weber, en el capitalismo el hombre abandona aquellos preceptos por la racionalidad. Entiéndase pues que los hombres y mujeres renunciarán a la manera de ver el mundo de generación en generación para centrarse en el camino más viable para alcanzar un fin.

El capitalismo, aunque Weber lo vea con buenos ojos, propicia que entre nosotros nos veamos como instrumentos para recibir algo a cambio. Y si no recibo nada, pues te desecho y busco alguien más. También hay que señalar que la creación de instituciones y organizaciones, surgidas en su mayoría durante el Capitalismo, han propiciado un mayor orden social.

Para este pensador alemán el hombre siempre ha necesitado el poder y por eso él mismo lo ha creado y otorgado a determinadas personas e instituciones. Desde el hombre primitivo había un cacique que imponía cierto patrones para el pueblo. Con el capitalismo y la diversificación de profesiones estos estándares se han multiplicado. Por tanto, el trabajador solo comparte con todos el interés de alcanzar determinada ganancia, dejando de lado las aspiraciones personales hasta llegar al desencantamiento del mundo.

Si para Weber la sociología tiene valor en cuanto la acción social del hombre, o sea nuestra individualidad. Émile Durkheim da valor a la conciencia colectiva de la sociedad, dejando de lado eso que nos hace únicos para concentrarse en aquellas maneras de pensar impuestas en la mayoría. Este pensador francés dirá entonces que hay supuestos pensamientos únicos que al final son compartidos por todos para mantener el orden social.

En el Capitalismo este orden social seguirá impuesto de manera inconsciente para hacer creer al individuo que la existencia de ricos y pobres es normal, por ejemplo. Así mientras unos pocos llenan sus bolsillos, los otros –el 99 % como se dice hoy- siente un vacío en el estómago.

Aunque se creen nuevas profesiones, no estemos destinados a vivir eternamente cómo y dónde nacimos, la libertad en los hombres y mujeres será tan grande como la sociedad quiera, en nuestro caso la sociedad de mercado. Por tanto, el trabajador llegará al punto de creerse libre, pero verá que no es así y se sentirá extraño con los demás. No sabrá en qué creer y por tanto llegará –quisiera creer en última instancia- al suicido. Durkheim enfatizó esta idea con su estudio del suicidio, quiérase o no “ese momento tan de cada persona” –quitarse la vida- está influenciado por el nivel de integración social que se tenga. Aunque tanto en un extremo como en el otro, llegue a ser dañino.

Por su parte, Karl Marx centrará sus estudios sociológicos en la desigualdad social latente en el Capitalismo. “La historia de todas las sociedades que han existido hasta ahora es la historia de la lucha de clases sociales”, diría en el inicio de su Manifiesto del Partido Comunista. Marx comprendía que el capitalismo traería consigo mayor desarrollo económico y por tanto bienestar para la sociedad. Pero, temía a lo que sucede hoy: los recursos son propiedad de la minoría, mientras las masas trabajadoras son explotadas para el enriquecimiento de esos pocos.

El control de los capitalistas no ha propiciado una mayor cohesión social, si no todo lo contrario. Entre los trabajadores y el dueño de las empresas hay cierto distanciamiento, que se dará luego entre los vecinos, con la familia y así hasta con uno mismo. Un círculo vicioso que nos lleva a la alienación social. Somos extraños unos de otros, estamos solos y como nos han hecho creer es por nuestra culpa.

Ante esa manera de pensar, Marx se oponía, decía que era una falsa conciencia, impuesta –como decía Durkheim- por el sistema y la sociedad en que vivimos. No es natural estar solos, ni tener un bajo salario mientras te matas trabajando ocho horas diarias, ni llegar a la casa y no mirar al vecino, ni creer que los vagabundos están en la calle porque quieren, mientras hay casas vacías.

No puede ser natural que valga más la economía que el propio hombre. Miramos a Grecia con malos ojos porque convocó un referéndum popular para decidir su futuro económico. No es natural el poder del capital, natural es el poder en manos de todos.

Esperemos que llegue algún día ese momento que predijo Marx en que el proletariado se enfrente a los capitalistas y entonces hablar de otra Sociología, menos determinada por la economía y más por los seres sociales, nosotros.  

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