15M ¿a más o a menos?
Hace dos años en España
estallaba un movimiento social que parecía el inicio del fin: el despertar de
una generación dormida y un país que ve cada día sus derechos recortados al por
mayor y el fin de una democracia - incluso de la hoy maltrecha monarquía -,
donde sólo se representan a los políticos y sus intereses y bien poco al pueblo
en general.
El 15M marcó un hito de
esperanza en un país marcado por los vaivenes políticos de dos partidos que al
final, sin importar si son rojos o azules, hacen las mismas trastadas en detrimento
de los ciudadanos: más paro, menos inversión en salud y educación, más
representantes envueltos en casos de corrupción, menos respuesta ante la justicia,
más dinero para los bancos, menos para obras sociales, incluso para las
carreteras españolas, uno de los grandes orgullos de estas tierras que hoy se
cruza con miles de baches.
La revolución del 15M
estallaba meses después de que en Medio Oriente sus ciudadanos salieran a las
calles para exigir sus derechos, con el beneplácito desde el primer instante de
los medios de comunicación occidental y casi todos los llamados países
desarrollados de esta parte del mundo. Sin embargo, a los del 15M se les pasó
por encima, como si no estuviera ocurriendo nada y fue sólo a través de las
redes sociales y cuando The Washington Post llevó a portada las manifestaciones
en la Puerta del Sol(-ución), que todos los medios empezaron a fijarse en profundidad
de cuánto, cómo y por qué ocurrían esas protestas.
Desde su posición
privilegiada los medios públicos y privados de España comenzaron a analizar a
esos jóvenes “raritos”, “perroflautas”, que llenaban en un primer momento la
céntrica Plaza del Sol madrileña y luego
las principales plazas de otras provincias y pueblos. Pocos se metieron en el
meollo de la cuestión y no se dejaron cegar por sus prejuicios y estatus
establecidos, casi todos criticaron con fiereza, con mano de hierro, a quienes
no les bastaba con la democracia establecida en este país y daban soluciones a
una crisis de la que aún tratamos de salir ilesos la gran mayoría.
El 15M se declaraba
apolítico, aconfesional, democrático; llevó a su mínima expresión –máxima creo
yo- la definición de democracia, como nos enseñaron hacían los griegos en
clase: en una plaza se oía a todos para tomar decisiones de acuerdo con la
mayoría y no porque lo decidan unos señores y señoras que se pasan el día
sentados en el Congreso e inauguran de vez en cuando alguna obra, como si de
caridad se tratara. Aunque en la Grecia antigua eran los filósofos quienes tenían
derecho a debatir y no cualquier ciudadano, supongo que en eso también nos hemos
engañado.
A estos jóvenes del 15M no
los oyó ninguno de los políticos en España, eso lo tengo bien claro, y si
alguno se quiso acercar, tuvo dificultades para llegar a esas masas en las
plazas, que no querían tener nada que ver con quienes, hasta ese momento, habían
llevado a España a estas condiciones. Los políticos echaron la vista hacia otro
lado, mientras en las calles hombres y mujeres ideaban una nación mejor que se
ha quedado en palabras y aplausos de sordos. La estrategia era sencilla, si no
hablamos de ellos, es como si no existieran y así las declaraciones fueron a
menos, la prima de riesgo fue a más y las acciones del 15M se dispersaron por
la web como las de miles de ONG que llevan años, cada una por su
cuenta, tratando de hacer y ser el cambio definitivo.
Tal vez ahí está el error
del 15M, como de muchas otras plataformas de participación ciudadana: trabajan
por separado, como si todos no tuvieran un mismo objetivo: cambiar, y se olvidan
de frases tan básicas como “en la unión está la fuerza”. Sindicatos, partidos
minoritarios, ONG, hasta la disidencia en Cuba, tienen pequeñas estructuras
creadas, que no dan su brazo a torcer para unirse en una única formación capaz
de cambiar con ideas y acciones tangibles, los errores de dirigentes y su impunidad. El 15M declaró que no tenía ningún líder y entre tantos
portavoces se fue perdiendo la marea humana que en un inicio salió a las calles
exigiendo mayor cambio en este país que se va a la mi… perdón, a Europa.
En España hoy cientos de asociaciones
exigen por separado lo que en las plazas el 15M quería poner en común: acabar
con los desahucios, las privatizaciones de la sanidad y la educación pública, juzgar
a los responsables de la crisis económica, mayores sanciones para políticos
corruptos, mejoras para la inserción laboral de los jóvenes, que sin más
remedio cogen sus maletas y abandonan este país. Algunos de aquellos jóvenes
han acabado en partidos políticos para tratar de hacer lo que en las calles se
quedaban en ideas, a veces las ideas no mueven el mundo, pero sí lo sacuden un poco.
Con el 15M esperaba un
cambio de rumbo en este país, pero los políticos perdieron su momento de mirar
más a la calle y entrar en contacto con la realidad que agobia a los ciudadanos
que, supuestamente, representan. Las ansias de cambio de esos jóvenes, y toda una
generación marcada por esta crisis, aún siguen presente. Si el 15 de mayo de 2011
estalló de manera pacífica, en un futuro no imagino cómo lo hará, esperemos no
sea con violencia, y se haga con cazuelas como en Islandia o si prefieren con
castañuelas; pero llegará el momento en que no se pueda más entre subidas de
IVA y recortes de salarios, entre bancos rescatados y negocios cerrados, entre
familias separadas y ricos cada vez más ricos.
Como me dijera un profesor: “el sistema capitalista no está en crisis, en crisis estamos nosotros, la clase trabajadora, la mayoría”. El 15M fue un impulso, pero España precisa más, mucho más.
Como me dijera un profesor: “el sistema capitalista no está en crisis, en crisis estamos nosotros, la clase trabajadora, la mayoría”. El 15M fue un impulso, pero España precisa más, mucho más.


























